Florencia y el chispazo del Descubrimiento


Por Federico B. Kirbus
www.kirbus.com.ar

Nunca antes – ni después – en la historia de la Humanidad se dio que en el lapso relativamente breve de dos centurias y en un mismo lugar las técnicas, las artes y los oficios de todas las disciplinas imaginables alcanzaran un nivel y un desarrollo que pueda siquiera compararse con lo que sucedió en la ciudad italiana de Florencia durante los dos siglos finales de lo que luego se denominaría el medioevo.

Fue en Florencia donde se engendró la idea de un globo terráqueo apto por su tamaño para ir por mar en busca de Cipango (Japón), Sind (la India) o las Especias, no caminando como Marco Polo al encuentro del Sol a Catay (China) sino por un derrotero diametralmente inverso: navegando por el Atlántico, por el mar Océano.

Pero, ¿por qué debió ser justamente Florencia la cuna del pensamiento que sugería la vía marítima por occidente como la más conveniente para llegar a las riquezas orientales?

Firenze. Florencia para nosotros. O Municipium Florentia, la Floreciente. Fundada dos siglos antes de la Era, fue destruida y luego refundada en el 59 a.J.C por Julio César en un sitio cercano al primero. Por ser centro de cultura, erudición y sabiduría se la llegó a llamar la “segunda Atenas”, aunque bajo Lorenzo de Medici “el Magnífico” (1449-1492) haya llegado a superar tal vez la metrópoli helena en numerosas disciplinas.

Situada a la vera de la antigua Vía Cassia de los romanos y a orillas del Arno, al pie de los Apeninos que divide prácticamente en dos la península botiforme, Florencia tuvo durante un milenio un crecimiento constante aunque lento. Hasta que en el siglo 12 el ritmo se acelera.

Florencia, palpitante corazón de la antigua Etruria, es por su dominante situación geográfica un estratégico polo comercial, industrial y financiero.

Por aquí pasan – usando los sólidos puentes sobre el Arno – trasportes de carga que con mercaderías que del Sur se envían al Norte, y viceversa. Aquí también se desarrolla una importante manufactura, por caso la orfebrería, pero en particular géneros de lana que compiten con las tejedurías de Génova, ciudad ésta cuyos productos textiles tradicionales sobreviven hasta hoy en los idiomas del mundo a través de los vocablos jeans o bluejeans (de Genova, tessuto genovese = tejido genovés).

Y además Florencia es una plaza mercantil y bancaria de trascendencia tal que cuando a partir de 1250 decae en Europa el uso de la plata acuñada como medio de pago corriente surgen las monedas de oro de acepción generalizada. El fiorino (florín) acuñado entonces en Florencia aún sobrevive talmente en muchas lenguas.

Tal es la opulencia de Florencia que en 1406 el municipio se da el lujo de adquirir Pisa, y en 1421 el puerto de Livorno. Se trasforma así en el centro industrial y comercial más importante entre la Ciudad de las Siete Colinas (unas 200 millas romanas de camino, la milla a 1.609 metros o unos 320 kilómetros itinerantes, distancia que podía cubrirse a pie en ocho a diez días de marcha exigida, aunque hoy a tan solo 255 kilómetros por la Autostrada del Sole) y las pujantes urbes sobre el mar Ligur, el Adriático y el piedemonte de los Alpes, al Norte.

Florencia resulta en suma durante los siglos 14 y 15, al menos en lo cultural, espiritual y artístico, más que Genova la Superba y la Serenissima Venecia, más que Padua, Milán, Torino e incluso tal vez la misma Roma.

Tanta riqueza, tantos recursos no pueden menos que engendrar la realización de obras públicas de trascendencia; en primer lugar, la idea de levantar una catedral digna de la próspera Repubblica florentina.

Es así como en 1293, en pleno auge del poderío de la ciudad estado, se decide sustituir la modesta parroquia de Santa Reparata por “una cattedrale piú ampia e sfarzosa, affinche l’industria e la potenza degli uomini non inventino né possano mai intraprendere qualcosa di piú grande e di piú bello” (“…con una catedral más amplia y magnífica, con el fin de que el empeño y el poder de los hombres no ingenien ni puedan nunca emprender algo más grande y más bello”).

Este escrito representa en sí un documento extraordinario: el de una comunidad que se propone – y luego empeña – en materializar algo tan grandioso y hermoso como nunca antes existió en Italia, acaso ni en Europa, ni supuestamente nunca jamás en el futuro iba cristalizar doquier. Son palabras que hablan de una voluntad y una audacia mancomunadas que tal vez sean únicas, en esta forma, en la tradición del hombre civilizado. El objetivo no pudo ser descrito en términos más categóricos que aquellos: Eclipsar, en suma, todo lo habido y por haber.

En 1294 se aprobó el proyecto, y el 18 de setiembre de 1296 se colocó la piedra basal. Arnolfo di Cambio estuvo, hasta su temprana muerte en 1302, a cargo de la edificación durante el primer lustro.

Es que en el período final de medioevo, el del esclarecimiento, de la iluminación y del renacimiento, en toda la Europa central las incipientes urbes y las ciudades estado rivalizaban la una con la otra por poseer la catedral o basílica más admirada, el campanario más esbelto, las torres más altas. En Francia es acaso donde mejor quedó reflejada esta corriente con su cornucopia de magníficos templos góticos (entre otros, Reims y Amiens, Notre Dame de Paris, Chartres y, el más colosal aunque hoy en ruinas, Beauvais). Pero tal propensión se observa también en Alemania, en Inglaterra y desde luego en Italia, donde esta tendencia adquiere una definición propia: el campanilismo. Es sinónimo de un impulso cultural y artístico donde un lugar rivalizaba con localidades vecinas por tener – era un decir – el campanario más grande.

En Florencia, además de ser financiado por los recursos fiscales genuinos, cada ciudadano estaba obligado a disponer en su testamento de una porción de la riqueza terrenal que dejaba en este mundo para la “fabbrica” (construcción) del nuevo domo.

Curiosamente, el futuro templo se levantó alrededor de la venerable aunque modesta iglesia de Santa Reparata, que así podía seguir sirviendo como lugar de culto techado hasta que el nuevo edificio estuviere terminado y habilitado. Un caso por cierto singular donde una iglesia se construye alrededor de su predecesora, aún en pie.

Tres décadas después de la muerte de Arnolfo, en 1334, las tareas se encargan a Giotto, pintor y arquitecto, hasta la pronta desaparición de éste (y la inhumación de sus restos en el mismo domo), en 1337.

Así se suceden períodos de febril actividad pero también ciclos de inacción, de desánimo y de desmoralización, como por caso – con el edificio a medio terminar – en el terrible año 1348 en que la peste devora la mitad de la población de 90.000 almas.

La lentitud en el avance de la obra hacía que fueran sucediéndose uno tras otro los arquitectos apuntados para dirigir la faena. En 1355 es Francesco Talenti el nuevo maestro mayor, quien resuelve modificar de manera sustancial el diseño. Empero debido a la magnitud de la tarea los progresos resultan tan lentos que se continúa celebrando misa en el interior de Santa Reparata hasta 1375, fecha en que recién se demuele el templo primitivo que estaba siendo envuelto por la construcción nueva. Aunque el techo – la cúpula – aún faltaba.

Mucha historia de la iglesia más colosal del medioevo, pero que hasta el momento de este análisis – dirá el lector – nada tiene que ver con el descubrimiento de América.

¿O tal vez sí? Ya con la actividad litúrgica realizándose en el interior del futuro domo, faltaba aún la bóveda cuya construcción inicia en 1426 Filippo Brunelleschi. Es la época de oro de Lorenzo il Magnifico, de la enraizada familia de los Medici. Pero habrían de trascurrir todavía tres décadas después de la muerte de Brunelleschi acaecida en 1446 (también sepultado en el domo) hasta que en 1475 se termina por completo la grandiosa media naranja que permitiría dar inicio a una nueva etapa de la astronomía universal (la construcción de San Pedro de Roma, de Donato Bramante, ¡se iniciaría en 1506 y concluiría en 1612!).

Resultaría aquella ser una obra técnica tan atrevida como ciclópea. Entre otras cosas, Brunelleschi ideó para la construcción de la cúpula un novedoso andamiaje para mejor movilidad y mayor seguridad de los albañiles (1), ejecutó ingeniosos polipastos y aparejos para levantar con contrapesas a altitudes vertiginosas los materiales (ladrillos especiales, piedras seleccionadas, maderos, mármoles de color blanco, rosa y verde, y la imprescindible argamasa), y concibió la gigantesca cuasi ojiva de manera tal que fuera liviana y a la vez tan rígida cual la cáscara (y con la forma) de un huevo de ave.

Al hacerse cargo Brunelleschi, el planteo de la edificación era el siguiente: se hallaban terminados los muros exteriores formando un gran octógono, por ser este diseño el que más se aproxima a un círculo capaz de ser realizado con plomada, nivel y escuadra, muros que alcanzaban los 41 metros sobre el pavimento.

Sobre el coronamiento de estas paredes Brunelleschi asentó la base poligonal de la gran cúpula, de 45,5 metros de diámetro exterior. La ojiva se elevaría desde aquí 48,5 metros en sucesivos anillos cada vez más pequeños, en forma libre, soportada por ocho grandes nervaduras hasta la cota de los 90 metros. (2)

Donde culmina la cúpula propiamente dicho apoya sobre la abertura la linterna, que a su vez tiene 16 metros y remata y embellece el conjunto cual una espléndida tiara.

Todo culmina con la cruz montada sobre dicha linterna a 105,5 metros sobre la calle.

Fue una altura nunca antes vista en construcciones autoportantes, ni aún en la época de esplendor de los arquitectos tempranos más audaces. (3)

La solución genial puesta en práctica para ello por Brunelleschi fue la de las ya mencionadas ocho nervaduras principales (y 24 nervios auxiliares intermedios) cuya rigidez conjunta – cual las estacas de una carpa tipo iglú – permitió que la masa total de la monumental construcción apenas llegara a las 35 toneladas. (4)

Brunelleschi comenzó diseñando la cúpula en 1420 y trabajó para ejecutarla a partir de 1426, aunque la linterna quedaría acabada recién hacia 1475.
Fue la hora de Toscanelli.

Paolo dal Pozzo Toscanelli había estudiado y ejercido la medicina, pero luego se dedicó a la matemática (ayudando a Brunelleschi en los cálculos para la cúpula), la geografía, la astronomía y la cartografía.

Basándose en las expediciones de los mercaderes venecianos Polo y en aportes de navegantes más recientes elaboró una carta donde ya aparecen subdivisiones de meridianos y paralelos – ¡antes de las epopeyas de Colón y de Magallanes! – para arribar a la conclusión, más aún: a la convicción, de que la distancia a las Especias (5), a Catay, Sind y Cipango debía ser menor navegando hacia el Oeste que yendo por el Este.

Toscanelli sostenía que las costas de Asia estaban “cerca” de las de Portugal, suponiendo que entre Canarias y Cipango (Japón) había 3000 millas náuticas (en rigor son 10.600 millas, porque nadie aún tomaba en cuenta la existencia de un continente interpuesto).

Con la bóveda y la linterna terminadas, Toscanelli hace instalar en lo alto de la cúpula el gnomón que tanto ansiaba tener para efectuar sus mediciones y cálculos.

Gnomón (del griego gnosis = conocimiento) consta propiamente de un estilo y un cuadrante para determinar mediante la sombra de la aguja el acimut y la altura del Sol; en buen romance, un reloj solar.

En el caso concreto del gnomón emplazado en lo alto el domo de Santa María del Fiore -único sitio en el mundo donde en ese momento podía efectuarse experimento semejante -, el indicador no era un vástago ya que su sombra proyectada sobre la calle desde tanta altura no hubiese permitido una observación precisa.

En cambio, Toscanelli ingeniosamente optó por una placa saliente con un agujero por el cual pasaran los rayos de luz para reflejarse en el piso del interior penumbroso del domo. Se insertó la plaqueta de bronce fundida y agujereada donde remata la cúpula y nace la linterna, justo a 90 metros sobre el nivel.

Veamos el asunto en detalle:

Las observaciones hechas por Toscanelli con el gnomón permitían que los rayos del Sol – tras atravesar un orificio circular en el centro del bronzino – proyectara la esfera del astro rey (como si se tratara de una lupa) en un mármol situado en el piso de la catedral.

Dice el texto explicatorio en italiano al respecto:

“Intorno al 1475 Toscanelli costrui un gnomone che, per mezzo di un foro consentiva di controllare esattamente il momento del passaggio del Sole al solstizio d’estate, permettendo di correggere le tavole dei moti apparenti del Sole…”. (Alrededor de 1475 Toscanelli construyó un gnomón que, por medio de un ojal, consentía controlar exactamente el instante del paso del Sol en el solsticio de verano [septentrional], permitiendo corregir las tablas del movimiento aparente del Sol)

Sobre la base de las observaciones de ese haz de luz fue que Toscanelli procuraba confirmar la duración del año solar y la posible variación del tiempo y del calendario por efecto de la precesión.

Ocurre que cada año el 21 de junio el Sol proyecta sus rayos – lo hace todavía hoy – a través del orificio del gnomón sobre la placa de medición de mármol en el piso del domo. La inquietud de Paolo dal Pozzo: además de medir con exactitud el momento del solsticio, comprobar las variaciones del tiempo derivadas de la precesión u oscilación de la eclíptica (precesión, del lat. praecessio [reticencia], en astronomía movimiento retrógrado de los puntos equinocciales, en virtud del cual se anticipan un poco cada año los equinoccios; la precesión hace que la Tierra tambalee cual un trompo y complete este movimiento en un ciclo de 25.765 años).

Y en otro trabajo relacionado con el gnomón reza:

“Il gnomone serviva in fatti per verificare il momento esatto del solstizio, determinando cosi la durata dell’anno tropico, ma anche serviva, a quei tempi, per un’indagine piú ambiziosa: determinare se l’eclittica, cioé il cammino apparente annuo del Sole tra le stelle, si mantiene costante nel tempo; in termini moderni ció significa determinare se l’inclinazione dell’asse della Terra, sul piano orbitale, è costante”.

Si bien con los precarios instrumentos de medición del tiempo no era viable sacar nada en limpio en este aspecto Toscanelli pudo, sí, avanzar de manera empírica en sus cálculos cartográficos para corroborar algo decisivo: que la distancia de Europa hasta el continente ignoto – ¿Catay, Cipango, Sind? – era más corta navegando hacia el Oeste en vez de singlar en dirección Este.

Los rayos del Sol atraviesan el agujero del bronzino y la imagen circular de aquél se proyecta en el mármol, cada año entre el 20 de mayo y el 20 de julio; pero cada 21 de junio la mancha lumínica da de lleno en el blanco.

En otro trabajo se destaca que estas observaciones permitieron a Toscanelli perfeccionar su mapa de manera de dar mayor fidelidad al cálculo de la circunferencia del globo.

El mapamundi de Toscanelli es empero algo anterior a la terminación de Santa María del Fiore y la instalación y calibración del gnomón. Toscanelli había remitido esta carta a ciertos monjes en Portugal donde más tarde la vio Colón, quien así se convenció de que la distancia al continente ignoto (China, la India, Japón o lo que fuere) debía ser menor navegando hacia el poniente que yendo en procura del saliente.

Aunque el mapa de Toscanelli era impreciso en cuanto a las distancias, resultó tan convincente por su planteo general que en 1492 Colón decidió poner rumbo hacia el Oeste.

Reza un comentario al respecto:

“La notorietá di Toscanelli si deve anche alla lettera inviata nel 1474 al canonico portoghese Ferdam (Ferdinando) Martines nella quale sosteneva che la via piú breve per raggiungere l’Oriente era quella attraverso l’Atlantico. Fu quella lettera ad essere decisiva per i progetti de Cristoforo Colombo” (en otro trabajo se dice que Paolo dal Pozzo Toscanelli envió dicha información directamente a Colón; estaría por verse esto último).

A todo eso la pretensión de Toscanelli de determinar con sus observaciones la precesión mediante la proyección del gnomón era una tarea imposible de realizar en su época. Puesto que un día tiene 86.400 segundos, para medir la variación de dicha precesión de un año a otro habría que tener un reloj capaz marcar esos 3,3 segundos de diferencia por año debido a la precesión. ¿Pero qué regulador del tiempo era en ese entonces capaz de semejante exactitud?

Porque si bien coincidente con el año 1475 se conocen en Europa los primeros relojes mecánicos que se aprestan a reemplazar los métodos de la clepsidra, el de arena y las velas como medidores de espacios temporales, la determinación de la hora se seguía basando en estimaciones. Todavía se estaba bien lejos del péndulo de Christian Huygens (1645) y mucho más distante aún del cronómetro mecánico de John Harrison, cuyo reloj en su primer viaje de prueba en 1761/62 desde Portsmouth hasta Jamaica se desvió tan solo 5,1 segundos durante los 81 días del tramo de ida.

¡Maravilloso, y sin embargo aun éste sería demasiado impreciso como para medir la precesión de la Tierra!

Mas, si bien Toscanelli de ninguna manera podía comprobar la magnitud de la precesión para confirmar sus cálculos geográficos, su trabajo contenía ya la semilla de la verdad: que (con todos los yerros intrínsecos) parecía más corto viajar a las Especias por el Atlántico que navegar al encuentra del Sol.

Fue justamente durante esta fase del intercambio de ideas y experiencias entre Toscanelli y los monjes de Portugal, nación de navegantes por excelencia entonces, que aparece en escena el joven Cristóbal Colón. Tras un naufragio en Flandes se había radicado en Lisboa y casado nada menos que con la hija del Gobernador de las Canarias, custodio de toda la información de navegación que aportaban los marinos lusitanos que volvían de sus viajes de exploración.

Sin duda fue con estos datos y antecedentes – la colección cartográfica salvaguardada por su suegro, los cálculos de fra Ferdinando de Lisboa y por fin los aportes tan alentadores de Toscanelli – que en la mente de Colón comenzó a germinar la idea de un viaje en busca de ese mundus ignotus (más tarde, después del descubrimiento, llamado mundus novus) que inquietaba la opinión pública europea y que el futuro Almirante del Mar Océano comenzaba a evaluar en sus noches de insomnio.

Y era justamente la confirmación que aportó Toscanelli desde la lejana Florencia la que impulsó a Colón a iniciar su largo y al principio frustrante peregrinaje de más de tres lustros hasta por fin zarpar en la dirección que señalaba el gran cartógrafo de aquél crisol de mentes preclaras.

El eminente cosmógrafo falleció en su ciudad natal Firenze en 1482 a la provecta edad de 85 años, una década antes de que Colón pudiera por fin hallar las tan ansiosamente buscadas “Indias” por la derrota del Oeste sugerida por aquél.

Sería interesante analizar por qué Florencia, en un lapso de tiempo tan apretado, pudo cobijar a tantos hombres brillantes. El auspicio de los Medici es una explicación, aunque parcial. ¿Será también la herencia de genes de los antepasados etruscos de sus pobladores la que incidió en todo esto? En todo caso esta curiosa conjunción de talentos representa en sí un enigma no menor que el que encierra la famosa estatua romana de la Quimera, hallada en 1553 en la vecina Arezzo y expuesta hoy en el museo Palazzo della Crocetta de Florencia. (6)

Un rápido vistazo a los genios florentinos permite apreciar que en este listado no está ausente virtualmente nadie quien con sus estudios, experimentos, pensamientos y trabajos alumbró esas centurias. Dante, Leonardo, Galileo, Miguel Angel, Brunelleschi, Giotto, Cimabue, Macchiavelo, Cellini, Botticelli y decenas más – ¿falta alguna luminaria del medioevo tardío en este singularísimo registro?

Si, está ausente Cristóbal Colón – pero con él ya amaneció la era moderna de la humanidad.

Y, para rematar, esa era moderna fue la de la industrialización y la movilidad mecanizada. No puede entonces a esta altura sorprender demasiado que ese mismo genio llamado Leonardo, en 1496 concibiera el primer automóvil. Recientemente ha sido construida una maqueta funcional en tamaño 1/3 como confirmación de todo aquello que los florentinos aportaron para las artes, las ciencias y el progreso humano.

VIDEO: El automóvil de Leonardo

Notas:
(1) Una de las propuestas antes de iniciarse la construcción de la cúpula sugería rellenar todo el interior del domo de modo que la bóveda pudiese apoyar durante su construcción sobre al material, para luego extraer la tierra; Brunelleschi convenció a los responsables que era a toda luz más conveniente un andamiaje por él concebido
(2) La cúpula de la Haga Sofia de Constantinopla mide 62 metros de alto. Tal vez los comitentes florentinos tuvieron también en mente los ambiciosos aunque frustrados planes del obispo de Beauvais, al Norte de Paris y próximo a Amiens, cuyas torres parecían llegar al cielo pero colapsaron en 1284.
(3) Los casos del Panteón romano alrededor del comienzo de la Era, y del mausoleo de Gala Placidia [425 – 433], de Ravenna.
(4) En referencias que se publican en folletería y en Internet se sostiene con insistencia que la cúpula pesa “35.000 toneladas”, pero probable que sean 3.500 toneladas.
(5) En la Europa medieval se denominaba Especias en forma genérica aquellos países e islas del oriente de donde procedían hierbas y condimentos aromáticos tales como pimienta, azafrán, canela, clavo, cardamomo y nuez moscada; alguna, como la pimienta, se convirtió en moneda corriente de cambio, y otras, como el clavo y la canela, eran más valiosas que polvo en oro.
(6) Monstruo de la mitología griega, mezcla de león y cabra; paradigma de algo enigmático e irrealizable.

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