Adiós al Renault Mégane II

En un mercado donde los modelos suelen durar diez años de producción (o casi 27, como el Fiat Uno Fire), resulta una rareza que un auto sea discontinuado apenas cuatro años después de su lanzamiento industrial. Es el caso del Renault Mégane II, que acaba de cesar su fabricación en Brasil para ser reemplazado por el nuevo Fluence producido en Córdoba.

El Mégane II llegó a la Argentina en 2005, pero importado de Turquía. Durante todo un año se lo trajo de Europa mientras se decidía dónde radicar su producción para el Mercosur. Después de varios meses de especulación, donde algunos rumores indicaban que se podría fabricar en Córdoba –ya que ahí también se producía el Mégane I-, la línea de montaje se estableció en Curitiba, Brasil.

Esta decisión fue parte de la estrategia global de la alianza Renault-Nissan para hacer crecer la presencia –hasta entonces casi nula- del Rombo en Brasil. Como se sabe ahora, las expectativas de ventas del Mégane II en el país vecino nunca se cumplieron. Y eso aceleró su relevo, además de la relocalización de la producción del sucesor.

Con la fabricación del nuevo Fluence ya a pleno ritmo en Santa Isabel, en Brasil apenas sigue fabricándose la familiar Grand Tour del Mégane II, que no tendrá reemplazante por ahora.

Algo de todo ese vericueto estratégico de la marca ya lo habíamos comentado en Autoblog.com.ar cuando probamos el Mégane II 1.9 dCi en marzo del 2006. Era una de las últimas unidades importadas de Turquía, previo al arribo de la versión brasileña.

Sin afán de “yo te avisé”, y sí más bien con la intención de despedir al Mégane II, se reproduce el texto completo a continuación.

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Nota de archivo (marzo 2006)
Crítica: Renault Mégane II 1.9 dCi

Carlos Ghosn, el presidente de Renault a nivel mundial, lo dijo sin rodeos: “Nuestro rendimiento en Brasil es frustrante”. En 1997 la marca francesa dio el golpe de timón más importante de su histórica presencia en Sudamérica al apostar todas sus fichas al mercado brasileño, relegando la producción de la planta de Santa Isabel, Córdoba. Invirtieron 1.300 millones de dólares en Curitiba, aunque hasta ahora no lograron aumentar la participación en el mercado brasileño como habían planeado.

En el 2006, y pese a su frustración, Ghosn anunció que redoblaría su apuesta sobre Brasil: hasta el 2009 se fabricarán cinco nuevos modelos en Curitiba, mientras que Santa Isabel recibiría sólo el Symbol. Incluso el modelo económico Logan, que algunos directivos de Renault dijeron que podría fabricarse en Córdoba, terminó engrosando las líneas de producción brasileñas.

En su medio siglo de presencia en la Argentina, Renault forjó una poderosa imagen de confiabilidad entre los usuarios locales, tanto que los fanáticos del Rombo llegaron a rivalizar con los seguidores del Óvalo y el Chivo. En los foros que estos hinchas armaron en internet no es difícil encontrar las lamentaciones por la falta de calidad de algunos Renault fabricados en Brasil y la pérdida de identidad que los aqueja. Al igual que Ghosn, se sienten frustrados.

Esto nos lleva directo al objeto de esta crítica: el Mégane II. El diseño de la carrocería es obra de Patrick Le Quément, el maestro francés responsable de las últimas creaciones del Rombo, que sorprendieron por su originalidad.

Las líneas del Mégane II son robustas y elegantes, con quiebres donde se destacan el peso del emblema en la trompa, los guardabarros abultados y las afiladas ópticas traseras. Visto de perfil, algunos rasgos de la carrocería recuerdan a algunos autos premium, lo cual siempre es una virtud y nunca un defecto. El salto estético en comparación con la primera generación del Mégane es notable.

La estrategia de Renault en la Argentina fue posicionar al Mégane II en la cima de su segmento, para no competir con su antecesor que siguió en producción. Donde más se advierte esta intención es en el habitáculo, con espacio amplio para cinco pasajeros, un baúl generoso, calidad de terminación europea y un equipamiento completo.

Algunos detalles hablan de un interior pensado para brindar placer a sus ocupantes: cortinas parasol enrollables en las plazas traseras, cajones para ocultar objetos hasta debajo del piso, climatizador automático y volante regulable en altura y profundidad. El equipamiento se completa con luces de encendido automático, computadora de abordo y equipo de audio con control en el volante. La unidad probada era 1.9 dCi y tan sólo carecía del techo eléctrico, que viene de serie en la versión naftera.

En materia de seguridad se destacan los airbags frontales y laterales para conductor y pasajero, además de airbags de cortinas para las plazas delanteras y traseras.

La apertura y puesta en marcha se realiza por medio de una tarjeta de funcionamiento algo complejo, a la que habrá que acostumbrarse. Para abrir el baúl, primero hay que destrabar las puertas y después presionar el botón correspondiente. Para prender el motor hay que colocar la tarjeta en una ranura del tablero, pero es posible retirarla del vehículo sin que el motor se apague, cosa que nunca ocurriría con una llave normal o con las tarjetas similares de Mercedes-Benz.

El Mégane II es un buen auto de ciudad, confortable, con las dimensiones justas y una muy correcta insonorización del habitáculo. El motor diesel de inyección directa sólo emite notas gasoleras cuando está frío y una vez que toma temperatura sólo se escucha el leve silbido del turbo a partir de las 2.000 vueltas.

La que también es silenciosa es la llamada “bocina monotono grave”, que sería una gran contribución para combatir la contaminación sonora de las ciudades, pero mientras se trate del intento aislado de un solo auto, el usuario del Mégane II se sentirá en el tránsito argentino tan impotente como un mudo en una reunión de consorcio.

Si el motor turbodiesel tiene un buen desempeño en ciudad, en ruta su comportamiento es brillante. Con 270 Nm de torque a partir de las 2.000 rpm y caja de sexta, es una máquina incansable de viajar. Alcanza los 100 km/h en 10,7 segundos y la velocidad máxima de 196 km/h se logra con el motor girando a sólo 3.500 rpm.

El turbo con intercooler asegura la entrega desinteresada de par motor en cualquier régimen y es posible hacer cientos de kilómetros en sexta velocidad sin tocar la palanca ni siquiera para maniobras de sobrepaso.

Es un viajero empedernido y a ello contribuye en gran parte un consumo muy contenido de 5,4 litros cada 100 kilómetros en condición de uso mixto ciudad-ruta.

Las suspensiones independientes en el tren delantero y semi-independiente en el trasero con barra estabilizadora aseguran un andar confortable y seguro. En curvas cerradas a alta velocidad tiene esa tendencia tan típica de los Renault de levantar un poco la cola. En ripio y asfalto desparejo el tren delantero se mostró algo ruidoso, aunque se informó que se trataba de un defecto puntual de esa unidad. Con apenas 16 mil kilómetros en el odómetro no es un detalle a pasar por alto, aunque es probable que el auto haya pasado por las manos de algunos colegas desaprensivos.

La frenada está asegurada por discos en las cuatro ruedas con sistema ABS, en combinación con un pedal de tacto sensible al que hay que acostumbrarse porque la potencia de frenado es considerable.

Renault no atraviesa por el mejor momento de su relación con el público argentino y la escasez de planes oficiales para la planta de Córdoba sólo agrega incertidumbre para el futuro. En semanas más comenzarán a llegar a nuestro país las versiones del Mégane II fabricadas en Brasil, que convivirán por algún tiempo con los ejemplares fabricados en Europa.

El Mégane II 1.9 dCi se vendió importado de Turquía durante el último año, previo a la llagada de la versión producida en Brasil. Comprarlo en este momento, justo antes del cambio, es una decisión estratégica e inteligente.

No sólo se adquirá el mejor diesel de su categoría y con calidad de terminación europea: al descartar la versión brasileña también se aportará otro granito de arena a la frustración de Carlos Ghosn.

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