Federico Kirbus: “La que me faltaba”

Texto de Federico Kirbus *

En las décadas trascurridas desde que voy transitando por este planeta se dio que circulara con toda clase imaginable de vehículos: desde tractores y autos a gasógeno durante la última guerra, algo bastante trabajoso, pasando por alguna Ferrari o Porsche RSK en la Costanera o el Autódromo, el alborotador Aerocar a hélice, el Chrysler Turbine, varios Wankel rotativos, desde luego taxímetros a GNC y hasta carritos eléctricos en la Autoclásica o bien por las calles de Colonia (ROU).

Solo un medio faltaba en mi colección: un auto a vapor. En la previa del sábado de la Recoleta-Tigre 2011 por fin se dio: el amigo John Hampton me invitó subir a su Rochester 1901 que, con mucho cariño y empeño, reconstruyó a partir de un motor original.

Tuvo la suerte de contar con alguna foto, pero también con los planos técnicos de este modelo que se fabricó durante aproximadamente un año y medio en Rochester, Estados Unidos.

Conocíamos el armatoste a través de una imagen que muestra a Juan Cassoulet, y de algunas exhibiciones privadas o de la Recoleta–Tigre. Pero me faltaba treparme y conocer el mecanismo. John me lo explicó.

Se trata, al fin y al cabo, de una pequeña locomotora de vapor; tanto que una marca rival se llamaba Locomobile. Combustible: kerosén. El quemador, cual un Primus.

En la caldera se forma el vapor. Con presión suficiente, se puede arrancar. Hay que observar permanentemente el nivel de agua (en particular en las pendientes), para lo cual sirve en este caso un espejito externo a fin de no perder de vista el vaso.

Una palanca a la derecha abre la válvula (o sea el acelerador o regulador) para desplazarse hacia delante o atrás.

Y allá vamos. Considerando, con una aceleración bastante buena.

Después, conducir con un timón largo que en terreno áspero resulta todo un arte.

Hay un sólo pedal: el del freno, muy pobretón, que es un tambor junto al diferencial.

Algunos datos técnicos más: máquina de dos cilindros, doble efecto, de 964 centímetros cúbicos, potencia indicada 6 HP. Presión de trabajo de la caldera: 210 libras. Agua, reservorio de 42 litros y consumo dos litros por kilómetro; kerosén 12 litros, consumo: un litro cada tres kilómetros. Autonomía (limitada por la reserva de agua) de unos 21 kilómetros.

En la Recoleta–Tigre, Hampton consumió 45 litros de agua y cinco litros de kerosén recorriendo los 29,5 kilómetros en algo menos que Vettel: una hora y 55 minutos.

Velocidad de crucero 30 km/h, máxima unos 70 km/h. Peso: 440 kilos.

Quedó pendiente un test rodante, que haremos pronto.

Juan Cassoulet al timón del Rochester, a la derecha Dalmiro Varela Castex.

Competencia entre el Rochester (obsérvese la nube de vapor) y el Benz Triciclo a petróleo, de Luis Gold. Por su mejor aceleración picó en punta el Rochester.

Caldera, trasmisión a cadena y cañería.

El instrumental, de bronce riguroso, y la dirección a la izquierda.

Pedal de freno, también de estacionamiento. Los alambres sirven para destapar el quemador, igual que en el Primus. A la derecha, espejito para que el conductor observe el nivel de agua.

Diversos robinetes y el medidor de nivel de agua a la derecha. La palanca blanca es el acelerador (el regulador de las máquinas negras).

El autor, con John Hampton, frente a La Biela.

* Federico Kirbus es periodista y autor del libro “5,9 Seg. – Recuerdos de Boxes”, donde repasa las mejores anécdotas de su carrera profesional (cómo comprarlo).


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