El “Alas de Gaviota” de Fangio

Por Federico Kirbus
www.kirbus.com.ar

Llegué a Stuttgart-Untertürkheim, sede central de la Daimler-Benz AG, a mediados de 1955 invitado para integrar el equipo de carreras (Rennabteilung) durante esa temporada y hacer un poco de nexo entre el hispanoparlante Juan Manuel Fangio (Fanyio, le decían) y los restantes integrantes del grupo.

Uno de los primeros con quienes me topé fue el inefable Charlie Menditeguy, aguardando en el jardín la fábrica subsidiaria de Mercedes, en Sindelfingen -en el extremo opuesto de Stuttgart- la recepción de un MB 220 para llevárselo de vuelta a Argentina.

Aprovechamos mis contactos y juntos fuimos al microcine en Untertürkheim, donde se proyectaba la secuencia de un noticiero con el accidente que Karl Kling acababa de sufrir en la Mille Miglia (aquella del inolvidable ganador con el número 722…).

Todo estaba en ebullición en aquellos días, porque hombres y máquinas ya se preparaban para concurrir al Gran Premio de Mónaco.

En medio de estos acontecimientos era menester atender el departamento Castellano de la Oficina de Prensa, el que estaba a cargo de un caballero de nombre Albrecht Fürst von Urach, de una de las estirpes más antiguas germanas, dueño de varios grandes castillos en el Sur de Alemania.

Todo coincidía con un remezón comercial que se había producido. Porque el triunfo de Moss y Jenkinson con el MB 300 SLR en Italia motivó un repentino incremento de la demanda del MB 300 SL en el mercado.

Esa primera serie del Alas de Gaviota tenía motor tres litros, una potencia nominal de 243 HP y alcanzaba según catálogo 260 km/h.

Si bien en esa época las Autobahnen estaban vacías y permitían desarrollar cualquier velocidad, a ningún comprador se le ocurriría llevar su 300 SL a fondo. Podía ser que andara a más de 200, pero nadie se animaría a empujarlo hasta los 300 km/h, que equivalía a setenta y tantos metros por segundo.

Así las cosas, se presumía y aceptaba que la sigla 300 correspondía no a los tres litros de cilindrada, sino que sugería una velocidad tope de 300 km/h. Ningún ser mortal que no fuera corredor se animaría a comprobarlo.

El hermanito menor del 300 SL era el 190 SL. Y del mismo modo como se asociaban las cifras 300 SL con 300 Km./h, se relacionaba la sigla 190 SL con 190 km/h.

Pero con sus 1.900 centímetros cúbicos y 122 HP ese modelo no alcanzaba ni por asomo esa velocidad. A gatas llegaba en la ruta a escuálidos 170 km/h, velocidad que sí muchos podían verificar en la práctica, quedando decepcionados.

Eso fue un tole tole de RRPP de aquellos.

Terminada esa movida e inolvidable temporada -Le Mans incluido y con Mercedes-Benz como protagonista involuntario- la Rennabteilung se retiró de la actividad, y la Casa decidió obsequiar al Chueco un -¡nada menos!- “Alas de Gaviota”.

Fangio tuvo luego no pocos problemas burocráticos para entrar la máquina, pero como a todo eso se trataba de un presente, lo logró.

Usó el 300 SL pocas veces, más que nada para ir a visitar a sus padres en Balcarce. El resto del tiempo el aparato engalanaba el salón de ventas que quedaba en Bernardo de Irigoyen, cerca de Constitución.

Cuando decidimos en El Gráfico publicar un número especial dedicado al Quíntuple, lo visité acompañado de un fotógrafo, creo que fue Ricardo Alfieri. Allí armamos una sesión de fotos con sus souvenirs cada vez más numerosos que serían la base para su futuro Museo.

Ese lugar, igual que cuando luego atendía en la Avenida Montes de Oca, era punto de frecuentes reuniones con amigos o con personas que alguna vez habían visto a Fangio en la ruta o hasta le habían prestado de su coche particular algún repuesto para que el Chueco pudiera proseguir en carrera.

Fangio era ídolo, sí, pero todavía era hombre de carne y hueso que atendía con una sonrisa a cualquiera, cosa que cambió cuando empezó a trabajar en su oficina como Director de Mercedes-Benz Argentina, en Avenida del Libertador.

Personalmente manejé ocasionalmente algún MB 300 SL, pero prefería no abusar para prevenir algún castañazo.

Como que también Fangio andaba con mucho cuidado por las calles de la ciudad, siempre manteniendo el volante con la izquierda y la derecha apoyada sobre el muslo.

“¿Te imaginás?”, me decía. “¿Yo protagonizando un accidente del tránsito?”, remataba el hombre que había llegado a ser Campeón del Mundo sin poseer registro regular, que lo sacó por formalidad después…

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